Cuando el cambio es de verdad

Por Leonel Perelis, avrej en el colel Efshar Letakén – Yerushalaim.


Hace varios años escuché una locución en la cual el orador quería transmitir la importancia de decir el Aleinu Leshabeaj (última parte de los rezos diarios) con concentración, como dice el Ramá (סי’ קל»ב סע’ ב) y el Mishná Brurá.

Entonces contó la siguiente alegoría:

“Imaginemos el primer encuentro de dos jóvenes que están buscando a su pareja para casarse. Antes de ir al encuentro de la chica, el muchacho se baña, se viste con sus ropas más elegantes y se arregla acorde a la importante ocasión. Recoge a su candidata en un taxi y van a un lindo lugar a tomar un café. Allí, hablaron durante dos horas y compartieron una agradable salida en la que se sintieron muy cómodos el uno con el otro. Al finalizar la salida, él la acompaña a la casa, nuevamente, en un taxi. A metros de arribar al hogar de ella, pasa algo muy inesperado…. Estando el taxi aún en movimiento, el chico abre la puerta y empuja a la joven hacia la calle, al mismo momento que le admitía que había tenido una muy linda salida y que ya esperaba al próximo encuentro”.

¡Asombroso, ¿no?!

El significado de este relato se puede entender de la siguiente manera. Todos los días, nos levantamos temprano para ir a rezar, nos preparamos, vestimos el Talit, nos ponemos los Tefilín, decimos cada una de las partes en las que se divide el rezo, nos paramos delante de Dios para pronunciar las palabras del rezo silencioso y privado, y, finalmente, “nos despedimos” con el Aleinu Leshabeaj.

Lamentablemente, muchos de nosotros, concluyó el orador, en el momento de decir el Aleinu Leshabeaj ya estamos del lado de afuera de la sinagoga; los “tzadikim” siguen adentro y lo pronuncian en 7 segundos; y los “jasidim” se toman unos 10 segundos (es decir aún muy poco tiempo).

La verdad es que sus palabras me llegaron al corazón y en ese momento me propuse decir el Aleinu Leshabeaj con más concentración. Pero, pasó el tiempo y … todo siguió igual que antes. Entonces me pregunté: ¿cómo puedo cambiar? ¿Cómo se hace?

Hasta que encontré una respuesta. Hay una regla básica y fundamental: Ajarei amaasim nimshajim alebabot (Detrás de nuestras acciones se arrastran nuestros corazones). Es decir, la transformación se logra por medio de la constancia, repetir una determinada actitud (en nuestro caso, pronunciar el Aleinu Leshabeaj más lento) a lo largo del tiempo hasta que se incorpora dentro nuestro. Pero para lograrlo, primero tenemos que tomar la firme decisión de comenzar el cambio.

Y entendí que para eso debería servir las palabras que escuchamos y nos llegan al corazón. No puede ser meramente un momento emotivo e impactante, sino que hay que aprovechar esa emoción para tomar la decisión del cambio, como si fuera una obligación. A partir de ahí, entendiendo la importancia del tema, repetir la actitud una y otra vez y de esta forma demostrar que es posible cambiar.